domingo, 13 de febrero de 2011

Antes de dormir...

Les dejo este cuento de Octavio Paz que me gustó desde el primer momento en el que lo leí hace ocho años...

Antes de dormir

Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto , dueño de que poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su prescencia nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones, sin que valga la reprobación de nuestro juicio , que declara su belleza -ligeramente horrenda- peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres. Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo: Pero ahora, ¿me escuchas? ahora voy arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro. quédate quieto: quiero oir tu pulso vacío, contemplar tu rostro sin facciones. ¿Dónde estás? No te escondas. No tengas miedo. ¿Por qué te quedas callado? No, no te haré nada, era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter. Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la vida, siempre encerrado, oculto? Así es fácil ser sensato. Adentro nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonrién, te roban. Son insaciables. Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado, deja que te haga una pregunta. estoy seguro que vas a contestarla clara y sencillamente , como se responde a un camarada después de una larga auscencia. Es cierto que la palabra auscencia no es la más apropiada, pero debo confesarte que tu intolerable prescencia se parece a lo que llaman el "vacio de la auscencia". ¡El vacío de tu prescencia, tu prescencia vacía! Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas sin ruido? Durante horas te quedas quieto, agazapado en no sé qué repliegue. No creo ser tan exigente. No te pido mucho: una seña, una pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo a quien las recibe. No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta donde puedo llegar. Reconozco que eres el mas fuerte y el mas hábil: penetras por la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría , te sirves del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima. Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la muerte y que entonces tomarás poseción de mí. ¿Por qué esperar tanto? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos, tardías iluminaciones sin consecuencias. ¿ Me oyes? No te veo. Escondes siempre la cara. te haré una confidencia - ya ves, no te guardo rencor y estoy seguro que un día vas a romper ese absurdo silencio - : al cabo de tantos años de vivir... aunque siento que no he vivido nunca, que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. Probablemente soy demasiado tímido y no he tenido el valor de asirlo por el cuello y decirle: "Yo también existo", como el pequeño funcionario que en un pasillo detiene el Director General y le dice: "Buenos días, yo también...", pero, ante la admiración del otro, el pequeño funcionario enmudece, pues de pronto comprende la inutilidad de su gesto: no tiene nada que decirle a su Jefe. Y él tampoco tiene nada que decirme. Y ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir - espera, no seas impaciente, no quieras escapar: tendrás que oírme hasta el fín - , al cabo de tantos años, me he dicho: ¿ a quién, si no a él, puedo contarle mis cosas? En efecto - no me avergüenza decirlo y tu no deberías enrojecer - sólo te tengo a tí. A ti. No creas que quiero provocar tu compasíón; acabo de emitir una verdad, corroboro un hecho y nada más. Y tú, ¿a quien tienes? ¿Eres de alguien como yo soy de ti? O si lo prefieres, ¿tienes a alguien como yo te tengo a ti? Ah, palideces, te quedas callado. Comprendo tu estupor: a mí también me ha desvelado la posibilidad de que tú seas de otro, que a su vez sería de otro, hasta no acabar nunca. No te preocupes: yo no hablo sino contigo. A no ser que tu, en este momento, digas lo mismo que te digo a un silencioso tercero, que a su vez... No, si tu eres otro : ¿quién soy yo? Te repito, ¿tú, a quién tienes? A nadie, excepto a mí. Tú también estás solo, tú también tuviste una infancia solitaria y ardiente - todas las fuentes te hablan , todos los pájaros te obedecían - y ahora... No me interrumpas. Empezaré por el principio: cuando te conocí - sí, comprendo muy bien tu extrañeza y adivino lo que vas a decirme: en realidad no te conozco, nunca te he visto, no se quién eres. Es cierto . En otros tiempos creía que eras esa ambición que nuestros padres y amigos nos destilan en el oído, con un nombre y una moral - nombre y moral que a fuerza de roces se hincha y crece, hasta que alguien viene con un menudo alfiler y revienta la pequeña bolsa de pus - ; más tarde pensé que eras ese pensamiento que salió un día de mi frente al asalto del mundo; luego te confundí con mi amor por Juana, María, Dolores; o con mi fe en Julián, Agustín, Rodrigo. Creí después que eras algo muy lejano y anterior a mí, acaso mi vida prenatal. Eras la vida, simplemente. O, mejor, el hueco tibio que deja la vida cuando se retira. Eras el recuerdo de la vida. Esta idea me llevó a otra: mi madre no era matriz sino tumba y agonía los nueve meses de encierro. Logré desechar esos pensamientos. Un poco de reflexión me ha hecho ver que no eres recuerdo, ni siquiera un olvido: no te siento como el que fui sino como el que voy a ser, como el que está siendo. Y cuando quiero apurarte te me escapas. Entonces te siento como auscencia. En fin, no te conozco, no te he visto nunca, pero jamás me he sentido solo, sin ti. Por eso debes aceptar aquella frase - ¿la recuerdas: "cuando te conocí"? - como una expresión figurada, como un recurso del lenguaje. Lo cierto es que siempre me acompañas, siempre hay alguien conmigo. Y para decirlo todo de una sola vez: ¿quién eres? es inútil esconderse más tiempo. Ha durado ya bastante este juego. ¿No te das cuenta de que puedo morir ahora mismo? Si muero, tu vida dejará de tener sentido. Yo soy tu vida y el sentido de tu vida? O es a la inversa: ¿tú eres el sentido de mi vida? Habla, di algo. ¿Aún me odias porque amenacé con arrojarte por la ventana? Lo hice para picarte la cresta. Y te quedaste callado. Eres un cobarde. ¿Recuerdas cuando te insulté? ¿Y cuando vomité sobre ti? ¿Y cuando tenías que ver con esos ojos que nunca se cierran cómo dormía con aquella vieja infame y que hablaba de suicidio? Da la cara. ¿Dónde estás? En el fondo, nada de esto me importa. Estoy cansado, eso es todo. Tengo sueño. ¿no te fatigan estas interminables dsicusiones, como si fuésemos un matrimonio que a las cinco de la mañana, con los párpados hinchados, sobra la cama revuelta sigue dando vueltas a la querella empezada hace veinte años? Vamos a dormir. Dame las buenas noches , sé un poco cortés. Estás condenado a vivir conmigo y deberías esforzarte por hacer la vida más llevadera. No alces los hombros. Calla si quieres, pero no te alejes. No quiero estar solo: desde que sufro menos soy más desdichado. Quizá la dicha es como la espuma de la dolorosa marea de la vida, que cubre con una plenitud roja nuestras almas. Ahora la marea se retira y nada queda de aquello que tanto nos hizo sufrir. Nada sino tú. Estamos solos, estás solo. No me mires: cierra los ojos, para que yo también pueda cerrarlos. Todavía no puedo acostumbrarme a tu mirada sin ojos.




miércoles, 9 de febrero de 2011

Vivir para morir...

Hace tiempo había querido escribir acá acerca de la muerte y de lo que ésta implica en nuestra vida, sin embargo hasta hoy logré materializar lo que había estado rondando en mi cabeza.

Tratando de encontrar palabras para lo que siento acerca de la muerte, hallé esta frase de Leonardo Da Vinci "Así como una jornada bien empleada produce un buen sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte" Y esta frase refleja lo que yo  siento acerca de la muerte porque desde hace tiempo he pensado en ella como un momento más de la vida, un momento para el que todos debemos prepararnos, así como nos preparamos para la primera comunión. Y prepararnos no quiere decir que dejemos todas nuestras cuentas saldadas, ni que le pidamos perdón a todas las personas que pudimos haber lastimado; prepararnos implica que debemos tratar de vivir nuestra vida de tal manera que a la hora de nuestra muerte las virtudes que demostramos en vida sean más recordadas que nuestros defectos.

Tal vez lo anterior puede llegar a sonar un poco pretencioso pues nos lleva a tratar de ser perfectos(?), sin embargo en mi opinión esto es a lo que todos deberíamos aspirar. Deberíamos comportarnos de tal manera que dejáramos ver (de una forma absolutamente sincera) nuestros buenos sentimientos, nuestros más bonitos comportamientos y nuestras más grandes sonrisas. Así dejaríamos en los que se atraviesen en nuestro camino una huella, un buen recuerdo. Deberíamos, al final de cada día, estar dispuestos a abandonar este mundo mortal, teniendo la seguridad de que no vamos a dejar cabos sueltos, de que no vamos a dejar heridas en los corazones de los que nos rodean, de que las últimas palabras que cruzamos con nuestros seres queridos fueron palabras dulces y llenas de amor. A veces es difícil, lo sé, pero deberíamos intentarlo, tal vez así dejaríamos de odiar y empezaríamos a amar, dejaríamos de acumular rencores y empezaríamos a acumular  afectos, dejaríamos de pensar en nosotros mismos y empezaríamos a pensar en los otros, tal vez así tendríamos la posibilidad de mejorar la sociedad en la que vivimos.

El mensaje hoy es que vivamos para morir, que vivamos de tal manera que podamos encontrarnos la muerte de frente en cualquier momento y cuando esto suceda tengamos la seguridad de que vamos a ser recordados por nuestros amigos por lo mejor que tuvimos en vida y no por nuestras fallas. Como dijo el escritor austriaco Stefan Zweig "No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre"

Y termino con un ejemplo, el escritor colombiano que inspiró lo que hoy escribo, David Sánchez Juliao, un personaje todavía un poco desconocido para mi pero que me impresionó por lo que han dicho sus amigos...

http://www.eltiempo.com/entretenimiento/libros/murio-david-sanchez-juliao_8840680-4

martes, 1 de febrero de 2011

Acerca de la menospreciada soledad...

 "Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad"
Guy de Maupassant

Esta frase me hace reflexionar acerca de la importancia de la soledad, del significado de la soledad, no del que da un diccionario, sino del que cada uno de nosotros percibimos. Normalmente asumimos la soledad como un tormento, una vergüenza, momentos tortuosos, como dolor. La soledad es vista como un momento triste y hacemos todo lo que esté a nuestro alcance para no vivirla, para no sentirla, como lo señala la frase de Guy de Maupassant. La pregunta que siempre ha rondado en mi cabeza acerca de este tema es: ¿Realmente la soledad es una desgracia? ¿No será más bien una oportunidad?


Si asumimos la soledad como una oportunidad, ésta puede convertirse en uno de los estados más sublimes que puede tener el alma, en una oportunidad para conocerse a uno mismo, en una oportunidad para entenderse, para enredarse y desenredarse, para alagarse, criticarse, para entender cómo funciona nuestra mente, nuestros sentimientos. La soledad permite sanar heridas que han dejado cicatrices, permite perdonarse a sí mismo y a otros, permite buscar lo que pensamos que habíamos perdido, y encontrarlo! La soledad bien aprovechada nos permite convertirnos en la persona que soñamos (o al menos acercarnos). 

La soledad nos permite degustar de la manera más precisa aquellas canciones que por su sonido nos llaman la atención, desmenusarlas, digerirlas, interiorizarlas. La soledad nos permite apreciar un atardecer de principio a fin, sin perdernos ni un segundo del ocaso. La soledad nos permite disfrutar de los sabores, de los colores, de los olores. La soledad pone atentos todos nuestro sentidos, los estímula, los agudiza, los desarrolla.


Todos deberíamos tomarnos un tiempo de soledad, pero de soledad bien aprovechada! Deberíamos gozar la soledad, sentirla, disfrutarla, regozijarnos en ella, deberíamos dejar de buscar en otros lo que está en nuestro interior y que en el ir y venir de la vida no lo dejamos salir.

Esto, tal vez, es una invitación a estar solos, a conocernos, a entender que la felicidad tan anhelada que buscamos todo el tiempo está en nosotros y no en terceros, esto es una invitación a ser felices, pero felices de verdad, con el corazón, con el alma y con ayuda de nuestra tan menospreciada soledad...




 

Muchacha en la ventana
Salvador Dalí
1925